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SAN FELIU DE GuuoLs, 19 nn AGosTo DE 1945.                                                           1

                                          N°343

                                !EVANGEUO DE LA DOMINICA

                                     Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba por medio de Samaria y
                                 de Galilea. Y al PnLrar en una aldea, le salieron diez leprosos,
                                 los cuales se parlirOn lejos y alzaron la voz, diciendo: .Je¡:¡ús,
                                Maestro, apiádate de nosotro::>. El, al verlos, dijo: Id, y mos·
                                 traos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban queda-
                                 ron sanos. y uno de ellos, cuando vió que había quedado lim-
                                 pio, volvió glorificando a Dios a grandes voces, y se postró en
                                 tierra a los piés de Jesús, dándole gracias: y éste era samari-
                                 tano Jesús dijo entonces: ¿Pero no son diez los curados? ¿Y
             • los otros nueve dónde están? No hubo quien volvieRe a dar
gloria a Dios, sino e.~Le extranjero. Y le dijo: Levántate, vete, que tu fe te ha salvado.

                                          La oración colectiva
      AquAllos diez leprosos levantaron la voz todos juntos para obtener de Jesús la cu- ·
ración de su enfermedad. He ahí una imagen de la oración en común, tan poderosa de·
!ante de Dios. "Si dos de vosotros se reúnen para pedir alguna cosa a mi Padre,-dice
Jesucristo-todo lo que pidan, mi Padre se lo concederá". Y añade todavía: "Allí donde
se encuentren dos o tres personas reunidas en mi nombre, yo estaré en medio de ellas".
La oración en común es un concierto de voces que se remontan hasta el trono del Altí-
simo, que halagan con agrado su oído; es una reunión o suma de fuerzas cuyo objeto
es hacerle violencia. Y en efecto, en la oración colectiva, el fervor de los unos suple la
frialdad de los otros. Dios acepta esta compensación fraternal, y se complace en otor-
gar a todos aquello que solamente algunos piden debidamente. Animada de los mismos
senLimientos de su divino Fundador, la Iglesia nos exhorta a la oración colectiva: ella
invita a los fieles, sobretodo en los domingos y días festivos, y cuando alguna grave
necesidad se hace sentir como en los actuales tiempos, quiere que cada uno lleve su
aportación de fe y de piedad, y que todos participen o se ap rovechen de los méritos y
del fervor de sus hermanos. Aprendamos la lección y 'procuremos por nuestra parte
que la oración en común sea incesante, a fin de que el SefiOr se apiade de nosotros.

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