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perdido cuanto amaba. Aún mante-                   Príncipe Krass-Mant
niéndose al margen, el torbellino le
había arrastrado a él y a los suyos,               (£t #¿gante d e                              f$agdad)
implacablemente. ¡Y sintió que algo
muy hondo se revolvía en su pecho!                    He preparado una entrevista, no              —Deme ese reloj, incrédulo...
¿Era para eso que Juchaban los hom-                sin vencer largas y complicadas di-
bres? ¿A eso les conducían sus her-                ficultades con esta alta dignidad               — T o m e , cuidado que es un re-
mosos ideales? ¿ E r a ese el mundo me-            hindú, todo exquisita cortesía y pu-         cuerdo...
jor del que todos hablaban?... Y sin-              lida corrección orientales. El com-
tió un asco profundo de los hombres                plejo del hombre blanco ante el ce-             — ¡ E l que va a acordarse es usted!
;y de la v i d a . . . El se sentía también,       remonioso y ritual ademán frío y
en cierto modo, responsable. Había                                                                 — B u e n o . . . esto no se lo consien-
querido conservar algo muy bello, pero             penetrante, se hace un verdadero             to... (me está destrozando el reloj a
no había hecho nunca nada para de-                 lío, que en este caso, dada la con-          martillazos).
fenderlo, para salvaguardarlo. Ahora               lundente personalidad del interlo-
era demasiado tarde...                             cutor y sus portentosas facultades              —¿Qué es esto?
                                                   mágicas y etéreas, se traduce en un
   Erró por los campos cuarteados pol-             desconcertante ambiente de ultra-                   ¡Maldita la gracia, hombre!
la metralla, sin rumbo fijo, moral y               tumba. Yo pregunto con palabras y            [Til montón de c h a t a r r a . . .
materialmente deshecho, hasta que en               el contesta con hechos... ¡pero que
un nuevo e imprevisto avance de los                me aspen si la entiendo!                        —Mire en su muñeca... ¡ande!
invasores, fué hecho prisionero.
                                                      —¿Hace mucho que reside... per-              — ¡ Pero si está aquí, puesto y en-
   Se le formó consejo de guerra. Ha-              dón. residís, en Esplugas, majes-            terito! ¡Príncipe...!
bla desertado y había colaborado vo-               tad...?
luntariamente con el enemigo. Eran                                                                 — R o m p a este papel en pedazos...
cargos muy graves ei tiempo de gue-                   —Aquí acudo con alguna frecuen-
rra. No perdieron mucho tiempo en                  cia en busca de quietud y paz...                —Ya está...
juzgarle.
                                                      —Bueno... ¿por dónde empeza-                 —Póngalo sobre la mesa. Cójalo
   Hoisan fué fusilado al amanecer. Y              mos?                                         ahora...
la descarga que acabó con su vida, se-
lló no sólo su desgracia, sino su trá-                —Agarre esta carta entre sus de-             — ¡ E s t á entero! Y sin embargo yo
gico fracaso.                                      dos, muy fuerte. Diga, ¿cuál es?             lo rompí ahora mismo...

             Alejandro Schaaff de Robes               — E l tres de copas... (sujeto en            —Tomemos café...
                                                   mi mano la carta).
(jtafioLóqtc&*                                                                                     —No, gracias... he tomado ya...
                                                      —¿Está usted seguro?
ZENON:                                                — ¡ A n d a , pero si es el seis de bas-      —¡Tomemos café he dicho! (fue-
                                                   tos! (no me lo explico).                     ra se oye un trueno tremendo).
   Su letra indica susceptibilidad, im-               —Encienda una cerilla...
paciencia, irritabilidad, resentimiento,              —Ya está...                                  —Bueno... pues tomemos café...
mordacidad, murmuración, tendencia a                  —Traiga el dedo...                        (yo estoy negro, pero como «todos
las lamentaciones y a las críticas (ten                — ¡ O i g a , príncipe...! (prende en    los negros tomamos café...»).
dencia a herir a los demás en pala-                mi dedo la llama como si fuera un
bras punzantes).                                   pitillo).                                        — ¡Beba!... ¡He dicho que beba!
                                                       —¿Se quema... ?                             — B e b o . . . (el amigo tendrá más de
   Su carácter, pues, no es muy agra-                 — ¡ C a r a m b a , pues no señor! ¿Có-   dos metros de estatura y está enfa-
dable. Difícil de contentar e inadap               mo lo hace?                                  dado).
tado.                                                  —¡No haga preguntas tontas! ¿Sa-
                                                   be qué hora es?                                 —¿Qué ha bebido usted?
   Posee agilidad mental, vivacidad. Es-               —Pues... las diez y cuarto en mi
pontáneo, muy activo. Temperamento                 reloj...                                        — ¡ T o m a , pero si es cerveza lo de
nervioso, agitado e impaciente.                        — ¡ S o n las tres de la tarde y se-     la taza! ¡Muy bien, príncipe! ¿Có-
                                                   reno!                                        mo sabe tanto?
DANIEL:                                                — ¡ P e r o si es de noche y está llo-
                                                   viendo a cántaros...! Veamos qué                —Kliooskaj . . . Gradidtjurpaf . . .
   E s usted, según su escritura, bas-             pasa.                                        chiriuipimpóm...
tante indolente, perezoso. Su letra re-                — E s cierto, aquí veo las tres...
fleja pasividad, flema. Indecisión.                ¿será posible?                                   —¿Qué dice...?
Frialdad. Disimulo, afectación, insin-
ceridad, tontería.                                                                                  —Que sí, que mañana es fiesta...
                                                                                                    — S e r á para usted... ¿Vamos a fu-
   Falta de seguridad o de confianza                                                            mar un pitillo?
en sí mismo, en las opiniones, en los                                                               —Gracias... ¡es ideal!...
relatos o en la verdad de lo que dice.
                                                                                                    —A mí me gustan bastante...
   Pueden ser diversas las causas que
le hayan llevado a este estado: ¿Su                                                                 —Digo que es ideal... este tabaco
frió recientemente alguna enfermedad                                                            rubio...
de larga duración? En este caso pue-
de que llegue usted de nuevo a su                                                                   — ¡ P e r o si empezamos a fumar un
estado normal primitivo. Envíe den-                                                             «ideal»...!
tro de algunos meses otra carta de
usted para comprobar y estudiar otra                                                                —Pues ahora es «Muratis», mire...
vez su carácter.
                                                                                                    —Sí, es un pitillo rubio...
                                     F. d'Albátre
                                                                                                    —¿Conoce usted a ese señor que
                                                                                                pasa con el paraguas por la calle?

                                                                                                    — ( M i r o por la ventana.) ¿No he
                                                                                                de conocerlo? ¡demasiado!... Ha de
                                                                                                pagarme veinte duros que me debe,
                                                                                                precisamente mañana... Príncipe,
                                                                                                 arrégleselas para que me los dé
                                                                                                 ahora...

                                                                                                    — ¡ N i ahora ni nunca! Mírelo co-
                                                                                                 mo se aleja... Ahora voy a conver-
                                                                                                tirlo en un fantasma y vera como
                                                                                                vuela hacia las nubes... ¡Una... dos...
                                                                                                y tres...

                                                                                                    — ¡ E h , príncipe! Agárreme esc
                                                                                                fantasma!...

                                                                                                                                                   GARCIA-GRAU

                                                                                                          5
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